De Fornesa a Rajoy

Nuestra crónica de esta quincena ocupa todo su espacio —o casi todo—a los resultados de la incesante actividad de la sección española de la Asociación de Periodistas Europeos que tan dinámicamente rigen Diego Carcedo y Miguel Ángel Aguilar. Y así, la semana pasada, y con un día de diferencia los socios de dicha Asociación pudimos almorzar con Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular y con Ricardo Fornesa, presidente de La Caixa de Pensions.

Y puede parecer que en, esta crónica política, el señor Fornesa tendría menos acomodo que el señor Rajoy pero, sinceramente, no es así. Y ello porque Ricardo Fornesa hizo una defensa a ultranza de las relaciones de independencia, actuales e históricas, de la Generalitat de Cataluña con La Caixa y además hizo un perfil muy adecuado del actual presidente de la Generalitat, José Montilla, como persona que está dando un sentido de quietud y regularidad al gobierno catalán. Y no creo que yo me salte el preceptivo off the record que presiden las reuniones de “Europeos”, porque algo así ya expresó don Ricardo, públicamente, en la presentación de resultados anuales de la entidad que preside, en la rueda de prensa de Barcelona. De todos modos es difícil obviar la política cuando se habla de cajas. Y ahí, Ricardo Fornesa estableció una diferencia en lo que podríamos llamar cajas de origen público, fundadas, por ejemplo, por las diputaciones provinciales y aquellas que procedían de un ámbito privado

Las encuestas de Rajoy

Mariano Rajoy ha afirmado muchas veces que no cree en las encuestas y que tampoco se guía por ellas. Y es posible que su falta de confianza hacia tales instrumentos de opinión se deba a esa circunstancia que nos dice que los hechos son tozudos. Y es que a pesar de todo lo que está ocurriendo sigue pareciendo un empate técnico para las dos formaciones. ¿Qué es un empate técnico en esta especialidad electoral? Pues que la horquilla de variación en probables votos obtenidos por PP y PSOE no supera el millón de votos y, en algunos casos, se acrecienta el empate hasta llegar a un reparto de pocos centenares de miles de votos. Eso hace que cualquier circunstancia imprevista pueda modificar un resultado como pudo ocurrir el 11 de marzo de 2004.

Pero es, por otro lado, ese empate técnico lo que impide que los dos fuerzas políticas mayoritarias de España tiendan a tener una relación más normal y menos violenta. Mientras que el líder de la oposición aprovecha para “dar caña” en todo momento y lugar; el presidente del Gobierno, y líder del PSOE, busca desprestigiar al PP queriendo acuñar una imagen de los populares como anticuados, retrógrados, antidemocráticos y herederos de situaciones anteriores. Ni está —creo yo— en el talante de Mariano Rajoy estar siempre blandiendo el zurriago, ni tampoco José Luis Rodríguez Zapatero piensa que su adversario político es así. Pero, al mismo tiempo, Zapatero ejerce una política frentista que busca aislar al PP del resto de las fuerzas políticas, haciendo, cada vez, más difícil un acuerdo postelectoral de los populares en el caso de que ganaran las generales sin mayoría absoluta.

Amigos de toda la vida

Y lo curioso de todo esto es que siempre la opinión pública —y el interior de los dos partidos— supo que entre Rajoy y Zapatero había una aceptable amistad, basada, desde luego, en el roce institucional y, sobre todo, que ambos consideran a León como patria chica, siendo Zapatero de Valladolid y Rajoy de Santiago de Compostela. Y todavía se especula con que esa amistad permanece intacta, aunque ahora toca pelearse. En el interior de ambos líderes, y dentro del concepto que uno pueda tener del otro, pues Zapatero cree que Rajoy está demasiado atado por su herencia política y por las circunstancias concretas del momento.

Y Rajoy cree que Zapatero está “haciendo muchas tonterías” por su precariedad dentro de la mayoría parlamentaria. Les une a ambos la circunstancia de que están haciendo política, casi desde la niñez, y siempre dentro de sus respectivos partidos. Lo conveniente, lo electoralmente válido, siempre tendrá prioridad en ellos a lo razonable o a lo justo. Pero esta cuestión del empate técnico y sus consecuencias está haciendo irrespirable la situación política, la cual comienza —y eso es peligroso— a estar muy alejada de la mayoría de la ciudadanía española, que comienza a recibir muy mal tanta bronca y tanto lío.

Mientras tanto, sin embargo, la realidad económica va muy bien, mejorando en todos sus ítems y completando un largo periodo de bonanza. Un crecimiento en 2006 del 3,9 por ciento y con una previsión de la inflación de entre el 2,2 y el 2,4 es algo verdaderamente bueno (ver Nota Económica en esta misma doble página). Y el desencanto que está produciendo la actuación de ambos líderes —y por razones distintas— entre parte de sus propios votantes, tiende a complicar el pronóstico aún más. Es decir, habrá trasvase de votos del PP al PSOE y del PSOE al PP, aunque la cuantía no sea fácil de determinar, pero que ya —según parece— se perfila en algunas autonomías con cantidades muy aproximadas.

Otra cuestión es el voto de la población más joven. Se calcula que hay más de un millón y medio de votantes en el “gajo” que va de los 18 a los 35 años. Pues bien parece que para las próximas elecciones generales la tendencia de los jóvenes de 18 a 24 será votar al PP y la direccionalidad de los de 25 a 35 sería favorable al PSOE. ¿Hay tambien empate aquí? Pues lo sabrá bien el Instituto Nacional de Estadística (INE) yo, desde luego, no.

Un hombre tranquilo

Y en eso de la economía parece que Mariano Rajoy aplaude, con reservas, a Pedro Solbes, considerando, no obstante, que el PP lo hizo mejor, sobre todo en las reformas estructurales. Sin embargo, las ratios económicas de estas horas son mejores que las que producía el último Gobierno del PP, aunque no se están midiendo ahora lo que llamaríamos desajustes estructurales. La realidad es que Pedro Solbes ha hecho lo que ha querido hacer, encontrándose con alguna espina en su camino dentro del Gobierno, pero finalmente ha sabido superarla con su paciencia levantina.

Podemos concluir diciendo que es evidente que la lucha constante entre el PSOE y el PP está ahí y que la cercanía electoral y la posición de las encuestas, anima y mantiene la bronca. No hay más. Pero don Mariano nos da una imagen de “quiet man”, de hombre tranquilo, que comunica confianza. ¡Ojalá algún día pueda gobernar! Y digo esto porque es de esperar que, además de hacer las cosas bien o mal, las haga tranquilamente sin crispación. Repitió que se había truncado el espíritu de la transición, pero yo creo que eso comenzó ya en tiempos de Aznar y sin duda se rompió, primero, en la relación con los medios de comunicación y luego se acuño de manera obsesiva en el “principio del conmigo o contra mí”. Y, cuando llegó el PSOE de don José Luis Rodríguez Zapatero se siguió por algunas sendas iniciadas antes. En fin, que parece que no sólo hay continuidad en la economía, respecto a los dos últimos gobiernos.

El juicio del siglo

La tragedia del 11 de marzo de 2004 —el 11-M— ha quedado grabada en la conciencia colectiva de los españoles y muy especialmente en la de los madrileños. El inicio del juicio en el pabellón que la Audiencia Nacional tiene en la Casa de Campo no ha producido demasiada esperanza, aunque es muy pronto para opinar. Nos llega lo anecdótico, lo casi frívolo, de su desarrollo. Y no debe ser así. Pero la tristeza y la rabia por aquella salvajada siguen vivas, mucho más de lo que algunos creen

 

 


Crónica Política publicada en Banca15 nº 254 - del 1 al 15 de marzo de 2007
por Ángel Gómez Escorial