Zapatero-Rajoy: Pensamientos apócrifos de la jornada de reflexión

 

Las lluvias de la primavera habían convertido el jardín del Palacio de La Moncloa en una auténtica jungla de verdor. Y las tormentas de los días anteriores al domingo 27, pues en un auténtico barrizal a pesar de los servicios de mantenimiento. José Luis Rodríguez Zapatero no ha podido pasear tanto como hubiera querido. Al principio el citado jardín, que no es una maravilla, no le atraía demasiado, tal vez por efecto de los paseos campestres en León, pero últimamente lo usaba porque le había comenzado a calmar. Dicen —eso dicen— que, primero, todos los presidentes del Gobierno le toman cariño al entorno del Patio de Columnas del Palacio, cuando no hay “tráfico” de visitas, porque es muy silencioso y con buena luz. Y luego pasan a sentir especial necesidad por salir al jardín, por aquellas zonas en las que los servicios de seguridad no objetan nada, ya que están cubiertas de “miradas lejanas”, más o menos, por los edificios y los árboles del complejo.

Y aunque muchos de los expertos en elecciones seguían insistiendo en que los resultados de las municipales y autonómicas iban a responder —en el más o menos— a las previsiones de primera hora, interesaba mucho al presidente ese número total de votos que podían suponer una victoria o una derrota. Y ante eso tomar decisiones para los siguientes pasos. Tras las elecciones del 27 de mayo de 2007 quedaba menos de un año para las generales. El adelanto electoral no estaba en sus cálculos, pues era dar posibilidades al “enemigo”. La idea de adelantarlas para “no perder más” era, todavía a sábado 26 de mayo un auténtico arcano. Pero nunca los datos habían estado tan dispersos como ahora, nunca. El país —por una razón u otra— estaba crispado y expectante. No se había entendido bien su política. Y ésta ni siquiera había tenido “demasiado éxito” en el interior del PSOE, aunque la máquina del partido había funcionado bien y con enorme disciplina. Y ello tenía más mérito, aún, si la gente no lo entendía bien.

No era nada probable que Mariano Rajoy pudiera decir el 27 por la noche aquello de “¡Hemos ganado las elecciones municipales!” o, al menos, que pudiera serlo por un número de votos significativo. Siempre hay mucha gente que vota al partido en el Gobierno porque cree que ello añade estabilidad al país. Esa cuantía incluso está bien medida por los expertos. Y si eso no se producía el adelanto electoral de las generales era cuestionable. Tenía razón, no obstante, Pedro Solbes sobre la tenaza económica de los Gobiernos autónomos. El ministro de Economía es quien decía quien ya no se puede vivir con el precio que costaba la ayuda parlamentaria para la gobernabilidad. La mayoría absoluta, o casi, era más que necesaria para asegurar una aceptable política presupuestaria. Y tenía razón pero eso a él le importaba menos.

Era necesario entretejer políticas en las que se pudieran ir resolviendo problemas de los ciudadanos que no se habían resuelto en años. Además, la cerrazón del último Gobierno del PP, el de José María Aznar, le había puesto las cosas más fáciles. Y es que en España no se hablaba de derechos de los ciudadanos desde, casi, los primeros años de la década de los ochenta.
Era lógico que sin celebrarse —faltaban 24 horas— unas elecciones y se pensara ya en otras. La consolidación en 2008 de una victoria electoral para su programa y su partido, suponían una puerta abierta a muchos cambios, que antes, mucha gente, no se había atrevido, no sólo a formular, ni siquiera a pensar. Pero era necesaria le espera. Las urnas —en trazo fino— tienen difícil adivinación. Y es precisamente ese trazo fino, el estudio de alguna circunscripción o las complicaciones por el comportamiento imprevisto de otras lo que daba luz al futuro. Lo curioso, lo terriblemente curioso, es que no había más remedio que esperar porque todo resultado es impredecible.

MARIANO

Mariano Rajoy había preferido regresar antes a Madrid y quiso llegar muy temprano a la sede Génova. Era esa hora en la que, como dice Pío García Escudero, todavía no habían puesto las calles. Rajoy entendía que era un momento difícil y áspero para él. El PP debería ser el partido más votado de estas elecciones si él quería seguir tranquilo su camino hasta las generales. Es obvio que no salir el más votado en unas municipales no era lo mismo que perder unas generales. Es posible que el cambio se estuviera larvando en los resultados de mañana. Alberto Ruiz Gallardón parecía que iba a obtener un resultado espectacular o eso parecía. Y, a partir de ahí las cosas se podían mover. Pero Alberto no era apreciado por todas las zonas del PP. Cosa que no ocurría con Esperanza Aguirre, quien, además, llevaba años preparándose para optar a la presidencia del Gobierno. Y aunque en los últimos tiempos —él lo sabía—los colaboradores más cercanos de Esperanza insistían que por edad y por currículo ya no tenía mas apetencias de promoción a nuevos cargos.

De todas formas, don Mariano pensaba que los muchos flecos que había ido dejando Zapatero en su labor le llevarían por fuerza al adelanto electoral. Y que no eran otros que la presión económica de los Gobiernos autonómicos y las cuestiones derivadas de los recursos de anticonstitucionalidad del Estatut catalán. Aunque Rajoy estaba seguro que de mayo de 2007 a marzo de 2008 no había tanto tiempo, descontando, sobre todo, los tiempos muertos de verano y Navidad. La bonanza económica ayudaba a Zapatero a evitar el adelante y sólo un resultado muy adverso —que no era esperado— de las elecciones de mañana podría llevar al presidente del Gobierno a adelantar. Pero era poco probable el descalabro, porque las encuestas se habían mantenido machaconamente en el empate técnico, incrementándose esa posibilidad en algunas zonas en las que antes había mayor diferencia.

Le preocupaba a don Mariano en ese día de vísperas las profundas transformaciones de la sociedad española y la sintonía de muchos sectores con lo que significaba la “nueva política” de Zapatero. La paz como principal ingrediente, por encima de otros valores como la unidad de España, el proyecto conjunto de España como una pais en progreso. Y, ciertamente, si ETA hubiera llevado a cabo un autentico proceso de paz y no instrumentación política más de su tendencia a la violencia, pues —ya sin ETA— la alianza entre PSOE y PNV estaría ya marcando los inicios de la desmembración de Euskadi y del principio del fin de España como el país que trazaron los Reyes Católicos. Pero, ciertamente, ETA había vuelto a ser el principal enemigo de un presidente de Gobierno español en ejercicio.

Y, además, Mariano Rajoy lamentaba no haber podido mantener su relación amistosa con José Luis Rodríguez Zapatero. Era cierto que Zapatero le había engañado, pero lo peor es que no le había considerado interlocutor válido. Además, Zapatero tenía una idea muy diferente del futuro de España. Ejercía un republicanismo militante y además su sentido del federalismo llevaba a la confederal. Y quien sabe si el propio Zapatero no tendría la misma idea que algunos de sus colaboradores: la de la constitución de la antigua Unión Soviética como sistema confederal de unión de las diferentes repúblicas, donde, ciertamente, quedaba consagrado el derecho de autodeterminación. El futuro llevaría a Zapatero a poner en marcha todas esas ideas, ahora que ya no tenía problemas internos en el PSOE para imponer sus criterios. Una próxima legislatura de Zapatero en el poder sería muy peligrosa para el futuro de España.


 

 


Crónica Política publicada en Banca15 nº 260 - del 1 al 15 de junio de 2007
por Ángel Gómez Escorial