
CAPITULO I
El difícil nacimiento del BBV
Hay muchas leyendas en torno a las fusiones bancarias. La realidad es que todas aparecieron con un cierto misterio y con la idea de que presiones extrabancarias llegaban para su consecución. Iniciamos un recorrido histórico que estará presente, de manera continuada, en las páginas de BANCA 15. Hoy tratamos la fusión BBV e iniciamos los movimientos de lo que sería el Asalto al Central y el inicio de la fusión con Banesto.
Siempre
se han querido ver grandes misterios en la génesis y desarrollo de
las fusiones. Intereses ocultos que llevaban a realizar estas operaciones.
Pero nunca se hablaba de que la ley española para fusiones implicaba
un crédito fiscal de enorme importancia y que significaba el beneficio
de varios años. Dicho ahorro de impuestos era, en la mayoría
de las veces, una ayuda inestimable que tendía a corregir defectos
y pérdidas de las cuentas de años anteriores. Lo que está
claro es que sin la ayuda fiscal habría que pensar que la historia
de las fusiones hubiera sido muy distinta.
Una operación relojera
La realidad es que la gran banca española fue creciendo desde la década de los 60 a base de la compra de entidades más pequeñas o bancos en dificultades. Puede decirse, entonces, que el capítulo de fusiones y adquisiciones es antiguo en España. No obstante lo que entendemos como historia de las fusiones hace referencia a la soldadura de dos bancos grandes y eso sólo comienza cuando José Ángel Sánchez Asiaín y Pedro de Toledo deciden unir el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya. Corría el año 1987. Pero un año antes, en 1986, Sánchez Asiaín diseña un plan para iniciar el crecimiento del Bilbao mediante la fusión con otro colega de importancia. El estudio, llamado el de los relojes, porque cada operación de casamiento recibía el nombre de una de las marcas suizas de relojes, examinaba las diferentes posibilidades. Por fin, se decidió por el modelo CYMA, desde luego marca relojera modesta, pero que comportaba nada menos que el asalto al Banco Español de Crédito. Banesto había perdido el primer puesto del ranking bancario español a favor del Banco Central, pero seguía siendo un gigante.
Y ocurrió que en sus primeros contactos nadie en el Español de Crédito se le tomó en serio. Se dice que Sánchez Asiaín habló con José María López de Letona, hombre fuerte impuesto por el Banco de España, pero que no avisó a Pablo Garnica, presidente, con talante de propietario, de la entidad. Ante el fracaso de la breve negociación previa, Asiaín lanza nada menos que una OPA inamistosa salvaje llamada entonces para la compra en el mercado de la mayoría de las acciones del Banesto. Fue un gran escándalo.
Nadie aprobó tampoco ese proceder pues la realidad es que hasta entonces todos los pactos entre los bancos se hacía mediante pactos entre caballeros, rodeados de misterio y discreción. Hasta el Banco Central de Alfonso Escámez se sumó a la defensa de Banesto realizando una contraopa que limitaba las posibilidades de la lanzada por el Bilbao.
Pero
en el transcurso de esa batalla se demostró que el Banco de Bilbao
y su gente estaba mucho mejor preparado que el Banesto. Y ahí en medio
de la crisis aparece un personaje que será fundamental durante los
siguientes años. Mario Conde, un abogado del Estado gallego que siendo
socio de un financiero de toda la vida, Juan Abelló hoy consejero
del SCH había reunido una importante fortuna por la venta de
la compañía farmacéutica, Antibióticos SA. Ambos,
Abelló y Conde se acercan. Letona, perdió todo el poder pues
Pablo Garnica pudo pensar que no era fiel a la entidad y si a los planes
externos para desalojar a la viejas familias de Banesto. Y la cuestión
es que Mario Conde que había llegado a Banesto a comprar unas
cosillas fue elegido presidente poco después de solucionado el
ataque de Sánchez Asiaín. En breve tiempo, fue Conde quien consiguió
desalojar a los representantes de las antiguas familias de banqueros que habían
conformado durante muchos años el poder en Banesto.
Lo que López de Letona había intentado hacer con suavidad y por encargo del entonces Gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, Mario Conde lo conseguiría sin esfuerzo gracias al hundimiento psicológico de todo aquel Consejo que entregó todo el poder a Conde y Abelló sin condiciones, aunque eso sí en ese tiempo había sorprendido que los dos personajes invirtieran una cantidad muy notable de dinero en acciones de Banesto.
El Bilbao y el Vizcaya
José
Ángel Sánchez Asiaín quedó muy golpeado
por su fracaso ante el Banesto. Y miró hacia su tierra. El competidor
creciente del Bilbao era el Banco de Vizcaya. Éste era mucho más
agresivo y tradicional en materia bancaria que el Banco de Bilbao, llevado
por el éxito de imagen que daba su tendencia a la modernidad y a la
innovación. Pero en la lucha en la calle y en la contención
del gasto, el Vizcaya le estaba ganando muchas batallas al Bilbao. Lo presidía
un joven banquero, muy especial, Pedro de Toledo, formado en la escuela
dura de Ángel Galíndez, su antecesor en la presidencia
del Vizcaya. Y, también, en la de Alfonso Escámez. El presidente
del Banco Central, entonces ya primer banco español y con el
grupo industrial mas importante del país había aceptado
el encargo de Galíndez de que placease por Madrid a Toledo. Y, al parecer,
Escámez lo hizo bien. Siempre reconocería Pedro de Toledo la
valía de Escámez de quien Toledo, una vez, ya casi al final
de su vida dijo a un íntimo colaborador que Alfonso Escámez
es el único banquero contemporáneo español con sentido
del Estado y de la utilidad de la banca en la sociedad. Piropo, sin
duda, de una enorme profundidad, que, tal vez, nunca Toledo confesó
al propio Escámez.
Pero que mientras José Ángel Sánchez Asiaín miraba a su colega y paisano Pedro de Toledo, éste prefirió mirar al sur y proponer a Escámez una fusión entre el Central y el Vizcaya en las condiciones que marcara el propio Escámez. Incluso, Pedro de Toledo realizó un viaje relámpago para acompañar en Águilas, Murcia, a Alfonso Escámez en el entierro de su madre, para proponerle esa posibilidad.
Es cierto que Pedro de Toledo ya había sentido en sus carnes la agresión de Javier de la Rosa, quien compró un importante paquete de acciones del Vizcaya, para utilizarla también de palanqueta en cualquier maniobra bancaria de concentración. Toledo pidió consejo a Escámez y este le dijo que comprara el paquete a De la Rosa como fuera, para evitar cualquier agresión externa. Y así lo hizo Pedro de Toledo y le quedó muy agradecido a Escámez por el consejo. Es curioso que de esa operación de compra a De la Rosa y de la posterior venta de dicho paquete a gente segura para evitar el efecto autocartera, prohibido por el Banco de España, procedan el origen de las cuentas secretas que mucho años después le costará la continuidad y el prestigio a Emilio Ybarra, heredero y sucesor de Asiaín y Toledo en la difícil fusión del Bilbao y del Vizcaya. Pero no adelantamos acontecimientos.
Si hay que añadir que mientras Alfonso Escámez aconsejaba a Toledo que comprara las acciones a De la Rosa, un paquete de acciones del Central procedente de un fondo de pensiones británico llamado en la jerga interna del Central el de las viudasera comprado por el grupo kuwaití KIO. Esas acciones protagonizaron un asalto en toda la regla al Central de que, igualmente, hablaremos después.
BBV, fusión cruenta
Alfonso
Escámez declinó la invitación a unirse de su buen amigo
y discípulo Pedro de Toledo, porque, tal vez, no vio entonces la necesidad
de realizar esa fusión. El presidía el primer grupo bancario
del país. Y la suma del Vizcaya no le hacía avanzar nada en
cuestión de ranking español. Es cierto que con Pedro de Toledo
se resolvía su sucesión, su relevo. Pero eso parecía
entonces muy prematuro. Y todavía no había saboreado las hieles
del ataque sin piedad que tendría poco tiempo después y teledirigido
desde, nada menos, el Ministerio de Economía y el Banco de España.
La negativa de Escámez echó a Pedro de Toledo en los brazos
de José Ángel Sánchez Asiaín. Y antes de que se
hubiera pasado la resaca provocada por la OPA del Bilbao contra Banesto se
anunciaba la unión de los dos grandes bancos vizcaínos. Nacía
el Banco Bilbao Vizcaya (BBV) y la primera fusión de la historia reciente
de la banca española.
He escrito en el ladillo fusión cruenta. Cruenta significa
con derramamiento de sangre. ¿Fue así la fusión BBV?
Mi idea es que Pedro de Toledo se dejó morir por no perder el poder.
Antepuso su lucha contra Sánchez Asiaín a su salud. Y un día
falleció, prácticamente a bordo de un avión privado que
le llevaba a Estados Unidos para curarse in extremis de una gravísima
enfermedad, cosa que pudo hacer antes, pero no quiso que se supiera de su
debilidad física en medio de la batalla más terrible que tuvo
lugar en la historia de la banca. La muerte de Pedro de Toledo ocurrió
el 12 de diciembre del año 1989.
La cuestión es que lo precipitado del acuerdo entre los dos bancos fue el origen del conflicto. Asiaín se sintió muy mal tras el fracaso de la OPA de Banesto. Su prestigio que era enorme en toda la sociedad española se vio por los suelos. Y aceptó las duras condiciones que le impuso Pedro de Toledo para aceptar la fusión. Por supuesto estaba claro que Toledo era el sucesor, pero la gente del Vizcaya quedaba como superior en mando en el nuevo banco. Es más que probable que José Ángel todo el mundo le llamaba por su nombre en banca, olvidando los apellidos pensó que una vez firmada la fusión ya habría tiempo para modificar lo firmado. Y ese fue el principio del encontronazo.
La batalla fue terrible. Y pública. No se limitó
a broncas de despacho. Transcendió de manera total. Y esto resultaba
más que extraordinario en el mundo de la banca que se había
caracterizado por una gran maestría en lavar los trapos sucios en casa,
sin que apenas se supiera de encontronazos e, incluso, de diferencias. Todos
los procedimientos de lucha se utilizaron en los primeros tiempos de la fusión,
desde micrófonos instalados para escuchar a la otra parte hasta comunicados
de prensa hechos con el mismo papel y con idéntico logotipo:
BBVdiferentes que expresaban de manera fehaciente el choque.
Y que, incluso, se contestaban y se interpelaban entre sí, con la,
sin ninguna duda, intervención de algunos periodistas que enviaban
inmediatamente los papeles de uno u otro a las dos partes en conflicto. Había
dos aguerridas oficinas de prensa y sendos grupos de asesores externos que
echaban gasolina al fuego.
La
cuestión comenzó a ser ridícula vista desde el exterior,
aunque era muy grave. Las bases de fusión, mal hechas, planteaban una
toma de poder progresiva de los vizcayas, lo cual no aceptaban
los bilbaos. Y dentro de todo ese problema sólo la difícil
interlocución entre Asiaín y Toledo ponía algo de paz
en la casa, aunque es indudable que ambos en petit comité
con sus respectivos colaboradores más íntimos azuzaban el fuego
de la discordia. El fallecimiento de Toledo dejó fuera de toda posibilidad
ese camino y José Ángel Sánchez Asiaín quiso convertirse
en presidente único del banco fusionado, sin más. La resistencia
de los vizcayas fue numantina y muy fuerte. Se intentaba que alguien,
desde las filas del Banco de Vizcaya, sustituyese a Pedro de Toledo hasta
que se terminase la fusión. Se propuso a Alfredo Sáenz, hoy
consejero delegado del SCH, para situarse a la misma altura que Sánchez
Asiaín. No se aceptó tal iguala de buen grado, aunque las bases
de fusión así lo indicaban. Se agravó aún más
la guerra interna, produciéndose ya un conflicto de naturaleza nacional.
El resultado final fue un laudo obligatorio del Banco de España por
el que tras la dimisión obligada de a Sánchez Asiaín
se le sustituía por el entonces vicepresidente del Bilbao y, por tanto,
del BBV, Emilio Ybarra Churruca. Y aunque Alfredo Sáenz continuaba
como vicepresidente, a todo el mundo pareció que los vizcayas
habían perdido la guerra. Incluso el Banco de España nombró
consejeros a representantes cercanos a los dos partidos políticos mayoritarios
bajo la idea de que ayudaran a la pacificación.
La última sorpresa fue Emilio Ybarra quien llevó la entidad a la paz, con bastante acierto y con un enorme esfuerzo de conciliación. Nadie esperaba el éxito de Ybarra. Era un hombre muy apreciado por todos por su profesionalidad y buen talante personal, pero nadie, ni los del Bilbao, ni los del Vizcaya, le consideraban un primer espada. Por eso, tal vez, le admitieron. Y, sin embargo, aunque avalado por la suprema autoridad del Banco de España, realizó en primer lugar la pacificación, luego puso en marcha y consolidó la fusión. Con los años Emilio Ybarra convertiría al BBV en un gran banco, de enorme calidad y muy avanzado.
El asalto al Central
Algunas fuentes del Barcelona tal vez no muy
prestigiosas informaron a Alfonso Escámez de la tenencia por
parte de Javier de la Rosa de un paquete del Banco Central, dentro de la idea
de hacer una operación muy parecida a la que meses antes se había
planteado con Toledo y con las acciones del Vizcaya. Pero De la Rosa no pudo
comunicar con Escámez. El banquero de Águilas había consolidado
y potenciado un consejo regional del Banco Central en Cataluña que
funcionaba con muchas atribuciones dentro del negocio de allí. Lo formaban
personas prestigiosas que representaban al mundo de la empresa y de las finanzas.
Procedía ese colectivo de tiempos de la integración del Banco
Colonial entidad catalana prestigiosísima que, como otras muchas, entre
los años sesenta y setenta pasaron a integrarse en el Central. Además
Cataluña tenía mucho sitio en el Banco Central.
El antecesor de Alfonso Escámez, Ignacio Villalonga considerado
como el gran impulsor del Central para convertirlo en un banco nacional
aunque originario de Valencia, había tenido algún cargo público
en Cataluña en los años veinte y conocía y apreciaba
mucho al Principado y a su gente. Pero, en fin, ese consejo tenía muy
mal concepto de Javier de la Rosa, como por entonces lo tenía toda
Barcelona y muy probablemente torpedeó cualquier intento de Javier
de la Rosa de acercarse a Escámez.
Entonces, De la Rosa se dedicó a pasear el paquete del Central por
muchos lugares. Lo extraño es que ni Escámez, ni lo más
altos ejecutivos, dieran importancia a ese hecho. Tal vez creyeron que De
la Rosa iba de farol.
Los socialistas y la Banca
Es
necesario, ahora, describir el momento político preciso que vive la
banca entonces. Felipe González había ganado las elecciones
en octubre de 1983 por amplia mayoría y en 1987 iniciaba un segundo
mandato ampliando su poder. Sin duda, el cambio existía. Y si bien
la Unión de Centro Democrático (UCD) y los Gobiernos de Adolfo
Suárez habían llevado a cabo la difícil transición
política a la democracia con gran éxito, las estructuras económicas
y financieras habrían permanecido con pocos cambios desde los tiempos
del franquismo. Incluso, permanecían muchas leyes que limitaban la
libertad de la actividad financiera, provenientes de la difícil posguerra
española. Existía, pues, un talante político generalizado
de que las cosas tenían que cambiar. Y junto a ese principio lógico
y conveniente estaba la idea de que una serie de personajes no eran válidos
para una etapa nueva.
Es más que seguro que los socialistas se equivocaron con Escámez. Tenía una fama de autoritarismo implementada por sus enemigos y por algunos de sus colaboradores más cercanos. De hecho, cuando Felipe González y Alfonso Escámez hablan por vez primera, el día del anuncio de la fusión con Banesto, el propio dirigente socialista admite entenderse mejor con Escámez que con Conde. Después, también, cuando en medio de la etapa final del acoso de De la Rosa y los Albertos, algunos de los más cercanos colaboradores de Alfonso Guerra hablan con Escámez el nivel de sintonía es bastante alto. También, Guerra cambió de idea. Es posible que si los dirigentes socialistas hubiesen conocido mejor a Escámez todo lo que iba a llegar después se evitaría. Reconocerían, no obstante, la extracción popular del banquero de Águilas y una tendencia poca financiera de su forma de ver la banca. Era más empresario que banquero.

Carlos
Solchaga, navarro, ministro de Economía y Hacienda de los Gobiernos
socialistas durante muchos años y tras la desaparición política
de Miguel Boyer, se erige en perseguidor a ultranza de Escámez. Solchaga
es un personaje bien formado. Es de los socialistas que aprenden la esencia
de la economía en Estados Unidos y que el liberalismo económico
es su principal credo. Sólo como paliativo del estado gendarme,
entienden que el Estado debe ser empresario y limitar ciertos crecimientos.
Pero, asimismo, hay un culto a la modernidad y ese es un credo muy importante.
En fin, que tal vez en Solchaga imperan más los principios estéticos
que los éticos y ahí, según él, no hay conciliación
posible con Escámez.
Javier de la Rosa sigue ofreciendo a quien le quiera
oír su paquete del Central, sin demasiado éxito. De hecho, reina
en los medios financieros una cierta incredulidad sobre lo que De la Rosa
y KIO podrían hacer con ese paquete. Pero aparece Enrique Sarasola
Lerchundi, amigo personal según dice él de Felipe
González. Y, desde luego, aceptable interlocutor entre las gentes de
los medios financieros y la nueva clase política socialista, ante la
cual el establishment tradicional del mundo del dinero apenas
tiene interlocución. Conocer y tratar a Pichirri ese
era el apodo cariñoso de Sarasola era la única vía
posible para hablar con los personajes del Gobierno socialista. Y es Sarasola
quien, al parecer, por consejo de Solchaga busca nacionalizar españolizarese
paquete de acciones en manos de los kuwaitíes y desde esa plataforma
iniciar una negociación con Escámez.
Y los personajes para nacionalizar el paquete del Central no están
mal elegidos. Serían Alberto Alcocer y Alberto Cortina, esposos de
las hermanas Esther y Alicia Koplowitz, herederas del imperio de Construcciones
y Contratas, S.A. Y lo que es más importante casi ahijadas de Ramón
Areces, fundador de El Corte Inglés. Areces y Escámez son amigos
y se han ayudado en sus respectivos negocios desde un punto de vista totalmente
caballeroso. Los Albertos son amigos de la Casa, del Central. Escámez
les ha vendido un 5% del Banco de Fomento auténtica joya
de la corona del grupo central y les ha dado las pistas para que
invirtieran en Banco Zaragozano, tras descartar el propio Escámez la
entrada del Central en el banco maño. Es curioso que Escámez
pensara modernizar y rejuvenecer el consejo del Banco Central con jóvenes
empresarios. Los Albertos estaban en esa lista, junto a Pedro Ballvé,
Antonio Beteré y otros. Pero los acontecimientos hacen que los Albertos
vean más seguras una opción en la que Solchaga y Sarasola son
los conductores. Y es que el poder socialista era entonces total y de Escámez
se suponía es que estaba al final de su carrera.
Una fusión para salvarse
Estamos en el 23 noviembre de 1987, Alfonso Escámez ya sabe que va a pasar algo. Incluso sabe por sus amigos de El Corte Ingles que los chicos Alberto Cortina y Alberto Alcocer han propuesto que sea Construcciones y Contratas quien protagonice el asalto del Central. Esa idea produjo una fractura terrible en la relación amistosa entre la gente de El Corte Inglés y CYC, que sería, después, el principio del fin de muchas cosas. La cuestión es que Escámez lleva ya meses queriendo mejorar la imagen del Banco Central y los consejos itinerantes, celebrados en ciudades importantes, fuera de Madrid, es un arma adecuada. En ese día de noviembre le toca a Valencia albergar al órgano ejecutivo del banco. Valencia es además la ciudad donde se fundó el Central muchos años antes. En fin, se aprueban dos ampliaciones de capital que actúan como blindaje. La operación se encarece considerablemente para los invasores. Y al día siguiente de conocerse, Los Albertos piden hablar con Escámez. La conversación trascendental se celebra con un don Alfonso metido en la estrechísima cabina telefónica del hall del Hotel Astoria. Se ha pactado una reunión en el domicilio de Escámez en La Moraleja, de Madrid, con los Albertos. Don Alfonso la única condición que pone es que se comunique la presencia del nuevo capital en torno a un 12 por ciento de una manera ordenada y normal. Lo que se acuerda en casa de Escámez es dar un comunicado de esa presencia. Pero al día siguiente no será posible consensuar, por parte de los propietarios del paquete del 12 por ciento, dicha presencia pacífica y la guerra comienza. Escámez ofreció a los Albertos que estuvieran, desde el principio, en el Consejo de Administración, pero no aceptaron. Preferían mejor la presencia en dicho organismo de la brigada de asalto, formada, por otro lado, por gente que si sabía de contabilidad bancaria, aunque nada del negocio.
En ese contexto es como se produce el acuerdo de fusión
entre Alfonso Escámez y Mario Conde. La unión entre Banesto
y Central es un hecho, lo cual viene a complicar la operación diseñada
desde el Gobierno. El futuro sucesor de Escámez sería Conde.
Los planes de asalto ya pasaban por otras circunstancias
Alfonso Escámez comenzó profesando una admiración sincera
por Mario Conde. Siempre había tenido una predilección especial
por los abogados del Estado. Y Mario lo era. Admiraba también su capacidad
para hacer dinero y haber querido invertirlo en un banco. De hecho, Alfonso
Escámez todos sus beneficios los invertía en las empresas de
las que era presidente, obviando otro tipo de inversiones y, por supuesto,
no buscando sólo el rendimiento de ese capital, lejos de cualquier
fórmula típicamente especulativa. Pero pronto, demasiado pronto,
el presidente del Banco Central iba a saber de la ambición desmedida
del nuevo aprendiz de banquero y flamante presidente de Banesto.
Los nombres de esta historia
José Ángel Sánchez Asiaín
y Pedro de Toledo eran en el momento de la fusión del Bilbao y del
Vizcaya dos grandes profesionales de enorme prestigio. En realidad, la lucha
posterior fue completamente inesperada. La muerte de Toledo también
fue un hecho de difícil comprensión, por el previsible deterioro
físico de su persona aceptado dentro del contexto de una lucha, sin
duda, terrible.
En el siguiente capítulo seguiremos hablando de estos personajes que
citamos a continuación. Alfonso Escámez demostró su capacidad
de lucha y que tenía una organización más dinámica
dentro del Banco Central de lo que parecía por fuera. Mario Conde fue,
tal vez, la gran esperanza fallida, aunque lo principal es que entendió
la banca y el poder presidencial de Banesto le cegó. Lo último,
lo de sus actuaciones últimas, dentro del Español de Crédito
ya es harina de otro costal.
Alberto Alcocer y Alberto Cortina tenían vocación
de banqueros. Lo demostrarían luego con el relanzamiento del Banco
Zaragozano, pero en esos años aceptaron con ingenuidad lo que significa
el poder político coyuntural.
Javier de la Rosa fue, simplemente, un especulador con mucha capacidad de
convicción.
La primera Guerra del Golfo vino a hundir a KIO y el acompañamiento
de fuerza de De la Rosa. Carlos Solchaga creía en la necesidad de modernizar
el sistema financiero español, lo cual era completamente cierto.
Pero, tal vez, usó y abusó del enorme poder que tenían los socialistas durante el Gobierno de Felipe González. El entonces Gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, intervino en exceso en los problemas internas de los bancos, cuando en realidad él tendría que haber sido el adalid del cambio tranquilo. No lo fue.