CAPÍTULO II

Banesto-Central: Misión imposible

Si la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya tuvo una característica dramática y hasta trágica, la del Banesto y el Central —el imposible BECC— estuvo llena de operaciones “colaterales” y pactos cambiantes. La realidad es que el presidente del Banco Central, Alfonso Escámez buscaba una fusión para diluir el capital de los “invasores” de Cartera Central. En el capítulo de hoy presentamos los prolegómenos de esa fusión que nunca se realizó.

Decía yo, al final del anterior capítulo, que, al principio, Alfonso Escámez tenía una sincera admiración por Mario Conde. No tenía el perfil —para nada— del rancio banquero a la antigua, lo que tampoco gustaba a Escámez. Conde había realizado su irresistible ascensión en banca con su propia fortuna y su esfuerzo, no exento de una gran habilidad. Ciertamente, aprovechó una fuerte crisis interna en Banesto —producto de la coyuntura y de la historia—, pero también demostró una vivacidad muy especial para resolver los problemas. Como se recordará la crisis de Banesto llega por el acto de José Ángel Sánchez Asiaín de lanzar una OPA inamistosa contra el Banco Español de Crédito. Y aunque todo el “exterior” —es decir la totalidad del sector financiero— era contrario al experimento del presidente del Banco de Bilbao, en el “interior” —en el Consejo de Banesto— se crea una peligrosa situación de indefensión. El presidente, Pablo Garnica, y los consejeros no saben qué hacer. Y ni siquiera pueden, ni quieren, acercarse al cobijo del Banco de España. Su Gobernador, Mariano Rubio, había impuesto en la casa a un consejero delegado, ni querido, ni apenas tolerado. José María López de Letona, antiguo ministro del franquismo, tampoco pudo conseguir “enderezar” el banco al gusto del regulador. Desde lejos probablemente —y ante el previsible fracaso de López de Letona— Mariano Rubio pudo ver con alivio el órdago de Sánchez Asiaín.

La imagen de Mario Conde que les quedó grabada a todos los consejeros de Banesto era la del joven abogado del Estado tecleando él mismo sobre una máquina de escribir eléctrica IBM —los ordenadores, entonces, en los bancos estaban sólo en las bodegas— las resoluciones y los comunicados. En fin, que despejada la OPA del Bilbao, Conde se convirtió en presidente y Juan Abelló, su “jefe” y compañero en la aventura de entrada en Banesto, en vicepresidente. Pero, en fin, los detalles de ese ascenso ya quedaron dichos en el anterior capítulo.

Reflejaba, asimismo, en el capítulo anterior el principio del conflicto con Los Albertos con Cartera Central, de cara a la toma de control del Banco Central. Lo que en un principio Alfonso Escámez consideró una situación controlable, la realidad le indicó que se iniciaba una batalla muy dura. El ministro Solchaga y el Gobernador del Banco de España apoyaban dicha operación y la cuestión era acceder a los deseos de los “asaltantes” de nombrar consejeros, pero no en las personas de Alberto Cortina y Alberto Alcocer, cosa que Escámez ya había ofrecido. Los candidatos eran técnicos expertos en “pressing” como, por ejemplo, el “terrible” Romualdo García Ambrosio. Y es obvio que como hubo dificultades, en principio, para acreditar que se disponía de un 12 por ciento del Banco Central se retrasó sine die el ingreso de dichos consejeros. La respuesta de los atacantes fue contundente. Comenzaron a girarse a la sede del Central en la calle Barquillo centenares de requerimientos notariales por día. Aquello rebasó, sin duda, la secretaría del Consejo, dirigida por Juan Bule Hombre y, por supuesto, el servicio jurídico que comandaba el abogado del Estado, Juan Manuel Echevarria. Al mismo tiempo se creó un sistema de prensa que hostigaba, principalmente, a Escámez. Cartera Central copiaba las técnicas de Javier de la Rosa en el asalto a Explosivos Riotinto en la época de José Maria Escondrillas, y es que la batalla de la prensa iba a ser uno de los puntos más fundamentales en la continua lucha por el poder en el Central desde su principio hasta el fin.

Escámez: cambio de idea

La presencia de ese 12 por ciento en el capital del Banco Central está fundamentada en una alianza peligrosa. La realidad es que, en esos momentos, KIO —la agencia de inversiones estatal kuwaití— tiene muchos amigos en Londres que, en definitiva, sigue siendo la capital bancaria del mundo. La operación cuenta con el apoyo del Gobierno español y del Banco de España y los que españolizan la operación, Los Albertos, son personas muy conocidas en el conglomerado social del mundo de los negocios, que vive en plena expansión de relaciones, aspecto éste muy alejado de los tiempos antiguos. Estos son los pensamientos que pasan por la mente de Escámez que, tras una cierta prepotencia previa, reconoce que el momento es muy grave, aunque algunas personalidades de su entorno intentan convencerle de lo contrario. Y, entonces, descubre una llave para la defensa: una fusión que dividiría ese 12 por ciento a la mitad en el banco fusionado, o que obligaría a los “invasores” a invertir una cantidad considerable para hacerse con otro 12 por ciento del otro banco.

Pedro de Toledo había dado una información preciosa a Alfonso Escámez en su encuentro para optar a una fusión entre el Central y el Vizcaya. Y esa conversación se convierte, casi, en libro de texto para el banquero de Águilas. Su perspicacia, intuición y conocimiento en banca le convierte en una “gran experto” en fusiones. No necesita en principio ningún carísimo dictamen de cualquier banco americano de negocios. Él sabe que sus colegas tienen hechos esos encargos de prospectiva desde que se conoció la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya. Probablemente, una de las mayores virtudes de Escámez es en aprehender rápidamente todo lo le lleva contrastándolo con su propio experiencia. Y llega a la conclusión que la fusión es conveniente y muy necesaria para resistir el asalto de los “carteros”.

¿Con quién?

Alfonso Escámez siempre había pensando que el Banco Hispanoamericano era el complementario al Central por la diferente especialización de su red. El Central tenía un tejido de sucursales muy denso, con fuertes implantos en ciudades pequeñas, pueblos grandes y medio rural. El Hispano era más urbano y con mayor tendencia, ya entonces, a la banca de productos. Pero el problema era Claudio Boada, negociador imposible. A Escámez se le llevaban los diablos con sólo la idea de iniciar dicha negociación dada la arrogancia de Boada. Sin ser banquero, su paso por el Hispano habia supuesto un éxito y colocaba las cosas en orden dentro de la entidad. Era el único banquero que había nombrado sucesor, en la persona del consejero delegado, José Maria Amusátegui, lo cual era verdaderamente insólito.

Pero por otro lado, Alfonso Escámez, miraba con gran curiosidad a Mario Conde y sus primeros movimientos en Banesto. La toma de poder había sido total e, incluso, espectacular. Demostraba saber lo que quería aunque no supiera una palabra de banca. Asimismo, su asociación con Juan Abelló era una garantía de que las cosas —desde el punto de vista de la ortodoxia en los negocios— se llevarían como es debido. La fusión con Banesto era una barbaridad. El descarte de oficinas redundantes sería muy grande y eso enfrentaría a la fusión con necesidad de reducir gran cantidad de personal, tema difícil dado la fuerte posición de los sindicatos de banca e, incluso, la buena relación que el propio Escámez mantenía con los representantes sindicales. Por otro lado, Escámez no estaba muy seguro de la situación patrimonial del Banesto. La decisión de enviar a López de Letona sería una exageración y una prueba del “ordeno y mando” de Mariano Rubio, pero eso no se acepta si no hay problemas. Mario Conde podría aprender banca a su lado, como lo hizo Pedro de Toledo. Aunque, desde luego, Toledosíi era un banquero. Tal vez, Alfonso Escámez, tras conocerse la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya, pudo pensar que había perdido una oportunidad. Pero en el momento en que el presidente del Vizcaya le hizo esa propuesta no existía la menor necesidad de una fusión. Ahora era distinto. Tras el anuncio de fusión entre el Bilbao y el Vizcaya, el 22 de enero de 1988, todo habia cambiado. El primer puesto del ranking bancario ostentado por el Central quedaba pulverizado.

¿Buscando al Hispano?

Pero lo curioso es que tanto Escámez como Conde iniciaron aproximaciones al Hispano. ¿Coincidían los presidentes del Central y del Banesto en sus gustos por el banco de Boada o se habían fabricado la misma coartada para otros tipos de aproximación? Alfonso Escámez mantuvo, al parecer, una conversación telefónica con Claudio Boada “fuera de horas de trabajo”, de domicilio a domicilio. A su vez, Mario Conde conversó informalmente con José María Amusátegui en un acto social. Y no hubo mucho más. Parece, no obstante, que Amusátegui recomendó a Conde que esperara a que se produjera el relevo presidencial en el Hispanoamericano, pero eso estaba a más de dos años de distancia. De la conversación entre Boada y Escámez poco se sabe, pero no había el menor punto de encuentro.

Desconfianzas y demoras

Es posible, pues, que a partir de entonces Escámez y Conde buscaran su propio “punto de encuentro”, pero les separaban muchas cosas. Fueron desconfianzas que trajeron muchas demoras. A los oídos del presidente del Central habían llegado noticias de que tanto como Conde como Abelló se habían reunido “más de una vez” con Los Albertos. Además, el nombramiento de consejeros de simpatías socialistas como administradores de Banesto también era un punto de desconfianza para Alfonso Escámez. Por su lado, Conde sabía de la habilidad de Escámez para llevar las aguas a su molino y de cómo burlaba al propio Mariano Rubio.
Lo más sonado había sido el nombramiento como vicepresidente del Central de Luis Coronel del Palma. Y ese nombramiento respondía a un retrato robot enviado a la primera planta de Barquillo, 4, desde el Banco de España. Se trataba de contratar a alguien como vicepresidente ejecutivo de gran prestigio en el mundo financiero, que hubiera tenido importantes cargos públicos y que fuera ex gobernador del Banco de España. El “calco” de ese retrato robot era José Ramón Álvarez Rendueles, subsecretario de Hacienda, con Fuentes Quintana como vicepresidente de los primeros Gobiernos de Adolfo Suárez. Naturalmente, Álvarez Rendueles había sido antecesor de Mariano Rubio en el Banco de España Era un intento, sin duda, de “letonizar”, al estilo de Banesto, el Central. Y tras un largo periodo de contactos entre Escámez y Rendueles, el Consejo del Central nombró vicepresidente, no ejecutivo, a Luis Coronel de Palma, que fue el primer embajador de España en México, tras los años de interrupción de relaciones y, desde luego, gobernador de la entidad emisora española. Eso fue más que sonado y a Conde, aún con dificultad por su tendencia al fijador, le ponía los pelos de punta.
Debió ser Luis Valls, presidente del Popular, quien le dijo a Escámez que los socialistas del consejo de Banesto estaban para parar a Mariano Rubio, pues en alguna forma la entrada de Conde rompía los planes de Rubio de mantener un cierto control interior de Banesto. Y, bueno, eso si ya gustó a don Alfonso. Parece, asimismo, que a los pocos días, Fernando Fernández Tapias, muy cercano, entonces, a Escámez, le habia contando que la enemistad entre Rubio y Abelló era antigua y que ya habían tenido algún enfrentamiento en público. Y, en efecto, la opción Banesto comenzaba a interesarle. Sería el propio Fernández Tapias quien daría al presidente del Central, muchos datos de Mario Conde y de su forma de hacer las cosas. Sin embargo, Alfonso Escámez no quería dar el primer paso. Nunca lo habia hecho en su vida de banquero.

Fabricar el contacto

Juan Madariaga era uno de los tantos brokers que en los años 80 representan a bancos de negocios internacionales, los cuales, todavía, no han visto la oportunidad de instalarse en sucursal propia. Madariaga formaba parte de los “amigos de verano” de don Alfonso. Se habían conocido ya hacía algunos años durante los recorridos que Escámez hacía con su barquito “Aure” por las costas de Murcia y Almería. En aquellos tiempos se habló de Juan Madariaga como muñidor de la fusión Banesto Central, aunque cabe la sospecha de que fuera catapultado por el propio Fernando Fernández Tapias con conocimiento de don Alfonso.
La base de las primeras negociaciones son, ni más, ni menos, que un ciclo de conferencias, al máximo nivel internacional, que quieren hacerse en España y en él Alfonso Escámez iba a participar. Desde luego cuando Madariaga inicia el asunto ni siquiera conoce a Conde y ha de ser Juan Belloso quien se lo presenta. Bueno, tanto da.

Las idas y venidas de Madariaga por la primera planta de Alcalá-Barquillo quedan justificadas por la famosa jornada internacional. En principio, don Alfonso no cuenta a sus colaboradores más cercanos el asunto, tan solo están advertidos algún miembro de su secretaría y quien lleva los asuntos de prensa, para evitar indiscreciones. Además está intentando que la propuesta de fusión venga de Banesto. En Banesto, por el contrario, el equipo jurídico con Ramiro Núñez a la cabeza, trabaja en la redacción de una primera carta de intenciones por parte del Español de Crédito. Y los sucesivos papeles que prepara Ramiro Núñez entienden una fusión normal o “simple”; es decir, en un momento dado, las dos sociedades se funden en una sola —la fusión por absorción no parecía posible, ni siquiera a nivel jurídico, no real— y sus patrimonios se sueldan, sin más.

Pero Escámez no está en eso. Tiene una idea que propone a Conde como forma de desbloquear el envío de papeles a su despacho, sin obtención de respuesta. Se trata de hacer un holding, que actue como poder ejecutivo del nuevo banco y al que vayan fluyendo los patrimonios de ambos bancos de manera regular: “como un depósito que se llena poco a poco desde dos tuberías distintas, cuando las bodegas de los dos bancos estén vacías y el depósito esté lleno la fusión se habrá terminado”. Conde debería desear la unión rápida de los patrimonios para restallar algunos de los quebrantos heredados. Escámez prefería que lo que fuera vertiéndose al depósito del holding estuviera correspondientemente saneado y purificado. A su vez, Escámez mantiene el secreto interior, al menos oficialmente. El día que explica, todavía oficiosamente, el posible acuerdo con Banesto realiza un impresionante elogio de Mario Conde y Conde, probablemente el mayor que han oído algunos de sus más antiguos colaboradores.

No se puede dudar, que Alfonso Escámez cree en Conde y en la operación. Tras cerca de una treintena de días de tiempo previo y secreto, se anuncia la fusión el 13 de mayo de 1988. Es curioso, no obstante, que tres años después, el 14 de mayo de 1991 se anunciase la fusión del Central con el Banesto que convertiría por fin a Alfonso Escámez en el primer banquero del país, dejando chico ya al BBV.

El dibujo del holding mantendría todo el poder de Escámez hasta el día de su marcha, convirtiendo a Conde en consejero delegado por todo el tiempo, hasta la jubilación de Alfonso Escámez. Ciertamente, que tanto Central como Banesto seguían existiendo como unidades independientes, con sus consejos, sus comisiones ejecutivas, etc. y, por tanto, cada presidente mandaba en su casa. No había una situación de copresidencias, aunque, por el contrario pareciera que fuera así. Los acontecimientos trajeron, como decía, que jamás se llenara el depósito del holding. Y así el Banco Español Central de Crédito (BECC) no pasó de un buen proyecto en medio de un fenomenal bronca, más dura para unos que para otros.

La visita a Felipe

No cabe la menor duda de que la fusión entre el Central y el Banesto despejaba una sola duda: la sucesión de Escámez. Y no olvidemos que sobre tal futurible se había montado la operación de Cartera Central. Ahora el sucesor de Escámez era Mario Conde y, desde luego, nadie más. El anuncio de la fusión produjo un gran desconcierto entre los “invasores”. Y, también, en el Gobierno pues parecía que, una vez más, Alfonso Escámez se había salido con la suya. Pero hubo un detalle que no pasó desapercibido: el día 16 de mayo el presidente del Gobierno, Felipe González, recibía a Mario Conde y Alfonso Escámez. El banquero de Águilas dio mucha importancia al clima de esta entrevista que, por otro lado, no tendría contenido, sólo sería protocolaria. González estuvo muy cariñoso con Escámez y muy distante con Conde. Escámez salio de ella pletórico y Conde, cabizbajo. El Gobierno ya había elegido al enemigo a batir, Conde. Y es desde ese momento cuando cambia la relación interna de los “invasores” respecto al Central y a Escámez.