
CAPITULO VI
Central Hispano, la limpieza étnica
La fusión Central Hispano fue tranquila hacia fuera y turbulenta hacia adentro. Pero, tanto los ejecutivos y empleados del Central, como los del Hispano, cumplieron su deber de no deteriorar la imagen del primer banco del país. De todos modos la llegada de Ángel Corcóstegui al BCH fue un auténtico punto de inflexión.
Conviene
aclarar algunos aspectos planteados en el anterior capítulo e, incluso,
alguna errata. En efecto, Alfonso Escámez abandonó el banco
en octubre de 1992 y se dedicó en exclusiva a la presidencia de CEPSA.
Es obvio que en octubre de 1993 esta empresa, Prensa Escorial, ya estaba en
marcha y yo mismo y perdón por el personalismo acompañé
físicamente a don Alfonso Escámez en esa salida del edificio
de Alcalá-Barquillo y los posteriores desarrollos me hicieron abandonar
el grupo. Luego, en efecto, el cambio de acciones entre el Central y el Hispano
fue de 5 a 6. Es decir cinco acciones del Banco Central por seis del Banco
Hispanoamericano, pero siempre se interpretó como un cambio insuficiente.
De ahí que siempre se habló de cambio igualatorio. Y aunque
ya lo he aclarado en una Carta del Director, no he pretendido hacer una historia
exhaustiva de las fusiones. Ya que eso sería, en todo caso, materia
de un libro. Y mucho menos convertirlo en unas memorias mías. Tal vez,
los siete largos años que pasé como director de comunicación
del Banco Central y una temporada del SCH lo podrían justificar, pero
mi intención con este trabajo es hacer una historia rápida
de las fusiones, un trabajo periodístico acotado a principios de brevedad
y de hechos generales. Hay asimismo alguna intervención respecto a
que cito pocos personajes de los muchos que yo pude conocer y tratar. Es cierto
y responde a la misma cuestión. Ésta es una historia breve de
esos aconteceres. La larga, como decía, tendría que ser objeto
de un libro.
Otro aspecto al que también se ha aludido por algún otro comunicante fue el intento de Banco de Santander de acercarse al Hispano. Este episodio es muy conocido. Recién nombrado José María Amusátegui como presidente del Banco Hispanoamericano recibió una llamada de Rodrigo Echenique, a la sazón consejero delegado del banco cántabro, comunicándole que Emilio Botín quería fusionarse. A Amusátegui no le gustó que no le llamara su igual, el presidente del Santander, mientras lo hacía el segundo. La verdadera historia es que parece que Echenique, buen colaborador siempre de Botín, se ofreció él mismo a llamar dada su buena relación con José María Amusátegui de los tiempos en que ambos eran consejeros delegados y asistían a las reuniones de la AEB. En fin, que como se dice en lenguaje moderno, don José María pilló un mosqueo enorme. Pero mientras que se producía este hecho, ya había comenzado a acudir los domingos y como se decía en el capítulo anterior a la Moraleja, a casa de Alfonso Escámez, Santiago Foncillas en su trabajo de convencer al presidente del Central de que lo mejor era la fusión del Hispano. En fin, que el episodio entre Amusátegui, Botín y Echenique lo había reservado yo para el inicio de la fusión SCH-Santander, pues al final y pasado el tiempo Emilio Botín Ríos tuvo que tratar lo mismo que un día puso en manos de Echenique.
El primer año
Del
14 de mayo de 1991 al 27 de octubre de 1992 los bancos fusionados vivieron
bajo el mando directo y único de Alfonso Escámez. José
Maria Amusátegui, de todos modos, había asumido trabajar de
segundo y no inquietar para nada a Escámez respecto a la marcha de
la fusión. La primera pegatina que iba a situarse en las sucursales
de ambas redes la fabricó el personal de comunicación del Central,
casi sin avisar para apuntarse el tanto. Era una larga tira de dominante color
azul y con la grafía del Banco Central que ponía pues eso:Banco
Central Hispanoamericano.
Al ser más extensa la red, la gente del Central era la que gobernaba los mayores movimientos, aunque acostumbrada la organización comercial del Hispano a la venta de productos, siguió en ese camino, entendiéndose que en ese tiempo las dos redes eran prácticamente independientes, lo cual, por otra parte, era lógico ya que no se había realizado la unificación informática y ella estaba lejos por las diferencias notables de los servicios telemáticos de ambas entidades. Asimismo, primaron los criterios del equipo cercano a Escámez en los fastos de la Exposición Universal de Sevilla, aunque ahí el Hispano había trabajado más y invertido también más.
Fusión tranquila por fuera
El ambiente bancario todavía estaba traumatizado por la terrible lucha interior acontecida en la fusión BBV. Y se quiso dar por parte de las gentes del Central y del Hispano que ahí se vivía una total tranquilidad. Las apariciones en público eran tranquilas y rodeadas de un cierto halo de afecto. Y eso convenció a la gente. En ninguno de los casos, los servicios informativos de ambos bancos jugaron a significar diferencia alguna, sino bien todo lo contrario. Y era, pues, un tema recurrente hablar de lo bien que iba la fusión Central Hispano en contraposición con lo ocurrido con los vascos. Y no es que las cosas fueran mal en esos momentos, pero existía la consigna de no dejar traslucir por el bien de la fusión ni la menor diferencia.
En
principio, la organización del nuevo banco fusionado decidió
sumar los consejos de administración, así como todas las organizaciones
de gestión y control. Y, desde luego, un consejo de casi una cincuentena
de personas pues arrojaba un problema de ubicación para el desarrollo
de las sesiones. Y se decidió construir una enorme sala de consejeros
en la planta baja del edificio de Alcalá Barquillo, con una gran mesa
en anillo circular que recordaba los escenarios de las sesiones de los organismos
internacionales, bien decorado y con todos los servicios auxiliares de megafonía,
proyección y traducción simultanea. No se olvide que en ambas
entidades había consejeros extranjeros. Esa sala fue antes salón
de actos donde el antecesor de Alfonso Escámez, Ignacio Villalonga,
celebraba sus juntas de accionistas en los años cincuenta y sesenta
y que alcanzaron notoriedad pues Villalonga, que había ejercido la
política antes de la guerra civil, criticaba de manera bastante
abierta para esa época de censura permanente la política
económica de los gobiernos del General Franco. Luego, dicha sala se
convirtió en oficinas donde estaban servicios de tesorería y
otros. Muy cerca estaba la cámara acorazada, pieza muy interesante.
El edificio, singular a todas luces, se comenzó a construir en 1910 y se terminó en 1918. Fue la sede en España del Banco Español del Río de la Plata, entidad argentina extraordinariamente extendida por el territorio nacional, ante la potencia de la economía argentina, sobre todo en los tiempos de la Primera Guerra Mundial (1914-1918, la cual comenzó a declinar, precisamente al final de la contienda. Había sido proyectado y construido por los arquitectos Antonio Palacio Ramilo y Joaquín Otamendi, quienes construyen también el Edificio de Correos y del Círculo de Bellas Artes. Las tres construcciones marcan un entorno notable en el conjunto de la Plaza de la Cibeles de Madrid. Este edificio pasó a ser del Banco Central en 1947. En 1951 se inició la ampliación del paño en la calle Barquillo, 4. Un intento posterior de ampliación por Barquillo hacia la Plaza del Rey no fue autorizado en los años setenta. Este edificio quedó un poco sin uso en los tiempos posteriores a Escámez, aunque se reunió en él la asesoría jurídica y el gran salón de consejos se utilizaba para ruedas de prensa con periodistas. Para este uso se siguió utilizando durante la fusión Santander Central Hispano, hasta su venta al Ayuntamiento de Madrid. La realidad es que la sede del BCH fue la del Hispano, en la Plaza de Canalejas, 1, donde más tarde se fue reuniendo el Consejo de Administración, evidentemente aligerado.
La llamada limpieza étnica
Viviendo
los días trágicos de la guerra en la antigua Yugoslavia, fue
Luis Blázquez Torres hoy consejero de Economía de Comunidad
de Madrid, colaborador importante de Escámez, durante muchos
años, consejero director del Central y posteriormente del Central Hispano,
quien acuñó la figura de la limpieza étnica
aplicada por los dirigentes del Hispano a los dirigentes y empleados del Central,
una vez marchado Alfonso Escámez. Y la figura no en lo cruento,
clarotenía razón de ser pues la salida de los antiguos
ejecutivos del Central se produjo de manera continuada y sistemática
desde octubre de 1992 hasta la llegada de Ángel Corcóstegui
en 1994. Blázquez fue también incluido, enseguida, en la citada
limpieza étnica. Más tarde se incorporaría a la Fundación
Complutense, de la universidad madrileña del mismo nombre y luego tentado
por la política llegó al Gobierno regional de Alberto Ruiz Gallardón,
de la mano de Gustavo Villapalos, antiguo rector de la complutense.
Otro caso notable fue el de Emilio Novela Berlín, director general procedente del Hispano, que asumió el gobierno de la red del banco fusionado y que se rodeó de una gran mayoría de ejecutivos procedentes del Central. Sea como fuere esa medida trajo una gran normalidad a los trabajos de cara a los clientes y fue básico para la marcha futura de la fusión. Emilio Novela, en un momento dado, tuvo que dejar el control de la Red y pasó a ocuparse de los temas de comunicación, destino no deseado por él, pero que lo acometió con gran eficacia y sentido común, con un resultado verdaderamente notable. Pero su presencia en la comunicación era apartarle de la función ejecutiva. Siempre se interpretó que su buena relación con la gente del Central había sido la causa de su salida. De todas, formas Emilio Novela, gran bancario y amigo de Amusátegui, tal vez aceptó todo como una forma de servir fielmente a su entidad de origen.
La cuestión final es que el aligeramiento de la plantilla y del consejo del Banco Central Hispano se hizo a costa de los antiguos colaboradores de Escámez, con sus problemas y crispaciones, pero que jamás transcendieron al exterior. Por fuera como decíamos anteriormente la fusión BCH era ejemplo de paz y cordialidad, cuando no era así. Todo el mundo, con mayor o peor fortuna personal, cumplió con su deber de no perjudicar el proyecto del primer banco español.
La cuestión del consejero delegado
A
esa idea de normalidad contribuía el propio talante de José
María Amusátegui dotado de gran simpatía hacia el exterior
y de un gracejo singular. Se hicieron famosas sus intervenciones ante la prensa
por su sentido del humor a la hora de referirse a las cuestiones de su banco.
Amusátegui, por el contrario, en el interior de su entidad era respetado
y temido. Muy trabajador y con capacidad para leérselo todo mantenía
una disciplina interior de hierro, cosa que tampoco traslucía en el
exterior. Su imagen de personaje bonachón y tranquilo respondía
a una de sus características, pero no a todas.
Formado en la gestión, junto a Claudio Boada, en las mil y una batallas de reconversiones periódicas de las empresas afectas al Instituto Nacional de Industria sabía mover a sus equipos. Desde luego según se iba terminando la reconversión interior para aligerar de personal el banco fusionado se ponían de manifiesto problemas y ausencias de gestión, sobre todo en lo alto, de los cuales pronto se pusieron de manifiesto. Y de ahí surgió el consejo del Banco de España de que nombrara un consejero delegado.
Durante mucho tiempo, más de un año, mantuvo Amusátegui la incógnita de quien sería su segundo. La realidad es que el Banco de España deseaba la aparición de ese segundo hombre fuerte, incluso por el cuidado muy especial que siempre el regulador pone a los temas sucesorios. Es decir, la marcha del banco debe continuar aunque se produjera algún problema que apartase a Amusátegui del control total.
José María Amusátegui hablaba todos los días del futuro y presunto consejero delegado, pero, claro, no concretaba. Tan pronto decía que iba a nombrar a dos consejeros delegados, como a uno, que a tres. Es posible que ese tiempo de indecisión abriera la caja de Pandora del deseo interno. Es decir, el deseo de algunos de sus colaboradores más cercanos de ocupar ese puesto, aunque, al parecer, sus bromas exteriores nada tenían que ver con el clima interior, parece que Amusátegui jamás prometió ese puesto a nadie por mucho que algunos se hicieran ilusiones. Por fin, aceptó la mejor recomendación del Banco de España: nombrar a Corcóstegui, víctima de la difícil fusión BBV en la que salieron perjudicados los vizcayas y Ángel era uno de ellos.
Vamos
a terminar esta segunda entrega de la fusión BCH y sexta de la
serie con el esbozo de la llegada de Ángel Corcóstegui
a la consejería delegada del Banco Central Hispano. Su paso por la
entidad supuso un punto de inflexión importante, que ya trataremos
en extenso en nuestro capítulo próximo.
Ángel Corcóstegui Guraya era un ingeniero de Caminos que Pedro de Toledo, mítico presidente del Banco de Vizcaya, metió en las lides bancarias y que, entre otros puestos, le envió a Nueva York a trabajar en la sucursal del Vizcaya en la cercanía de Wall Street. Es curioso que en esa época de estancia, a mediados de los años ochentas, coincidiría con colegas de otros bancos que, después, coincidirían con él en el BCH y el BSCH. Me refiero a Ana Patricia Botín, Antonio Escámez Torres y Emilio Novela Berlín. Corcóstegui había revalidado su formación financiera en la prestigiosa escuela de negocios Wharton la Wharton Business School y se sentía muy a gusto en su atalaya americana, hasta que el propio Toledo le pidió que regresara para no perder oportunidades futuras.
Se dijo que Ángel Corcóstegui era el sucesor in pectore de Pedro de Toledo y que la muerte prematura del banquero impidió que se confirmara ese extremo, lo que, tal vez, le evitó un mal mayor que, sin duda, tuvo que acometer y soportar, Alfredo Sáenz, sucesor real de Pedro de Toledo, pero, más o menos, desplazado también por el laudo del Banco de España, respecto al problema del Banco Bilbao Vizcaya, que dio la presidencia del banco vasco a Emilio Ybarra y Churruc