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Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

Llegó el 155

El miércoles, la respuesta de Mariano Rajoy a la declaración de independencia realizada por Carles Puigdemont ha sido un requerimiento –aplicación del artículo 155— para que diga si, en efecto, se declaró la independencia en el parlamento catalán el martes, día 10.

Si la respuesta es positiva este artículo de la Constitución española, tras la aprobación por mayoría absoluta del Senado, supone que el Gobierno de España podrá dictar órdenes a la comunidad autónoma. La autonomía de actos de la misma desaparece.

El discurso de Carles Puigdemont frente al Parlamento catalán estuvo muy bien construido, pero fue falaz. Sobre todo por el inexistente y falso vademécum de aprobaciones internacionales del referéndum del 1 de octubre y de sus resultados. Pero la cuestión más importante es que se ha proclamado en la tarde del martes la independencia, aunque su ejecución se aplaza… Tregua hay… para negociar o para lo que sea.

A las seis de la tarde estará de este miércoles en el Congreso de los Diputados, Mariano Rajoy. Su objetivo es hablar de Cataluña. Durante toda la tarde del martes, el Parlamento catalán celebró un largo y apasionado debate. Pero no era ya posible debatir la independencia catalana porque ya estaba proclamada. Tampoco, Rajoy podrá negociar este extremo porque la independencia está proclamada.

¿Qué negociar entonces? ¿La desconexión pactada? ¿La aceptación, ya, de que Cataluña no es España? Eso no lo puede admitir ni negociar ningún miembro del Gobierno español porque podría ser acusado de prevaricación.

Tal vez, la parte menos honesta del discurso de Puigdemont es su referencia al discurso del Rey Felipe VI y a su papel de moderador que le marca la Constitución española. No puede tolerar la ruptura del país, eso también está en la Constitución. El Rey Felipe dijo verdades como puños sobre la actitud de los independentistas catalanes. Porque todo el procedimiento desde la sesión parlamentaria que aprobaba la desconexión con España hasta la celebración del referéndum eran ilegales y contrarias al principio de unidad territorial que marca la Constitución.

Jordi Pujol siempre creyó que España se fragmentaría y se debilitaría de tal manera que la independencia de Cataluña sería como la caída del árbol de una fruta madura. Pero eso no llegó. Por encima de muchos avatares se terminó con el nacionalismo español, impuesto por Franco, pero eso no significó que desapareciera la idea de un país unido ahora más fuerte, porque estaba avalado por la democracia el uso de las urnas. Se dio una Constitución en la que la desmembración de territorios no era posible.

Habrá que ver lo que ocurrirá en las próximas horas. La respuesta del Estado a la independencia ilegalmente declarada no llegará –creo— hasta que esta no fuere efectiva. Y mientras tanto sigue la inseguridad. Tenía razón cuando Xavier García Albiol expuso frente a Puigdemont, irónicamente, un compendio de posibilidades de negociaciones todas para consolidar la independencia… ¿Qué va a pasar? Y también en el momento Miquel Iceta cuando dijo: "El problema no lo tienen los europeos ni los españoles. El problema lo tenemos nosotros". El problema más próximo, más tangible está ahí en Cataluña. Mañana más.

Tras el anuncio de Rajoy del inicio de aplicación del artículo 155 se inicia otro periodo –breve—de espera.

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