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Dos holandeses errantes… y un belga

Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

Artur Mas y Rodrigo Rato: dos holandeses –pienso— errantes, que se acercan a la leyenda de un personaje y su barco que navegan --y vagan-- por procelosos mares sin saber si algún día encontrarán puerto. Habría un tercer espécimen, Carles Puigdemont, algo parecido pero en este caso tendríamos que hablar del belga errante… que no es lo mismo.

Mas dimite como presidente de PDeCat. Rato comparecía ayer ante el Congreso de los Diputados exhibiendo, solamente, una versión válida a sus maltrechos intereses. Artur Mas pide que la solución que se dé, a una mesa del Parlament copada por los independentistas, y que sea legal, de acuerdo con la leyes españolas. Rodrigo Rato puso en marcha el ventilador esparciendo trozos de… reproches, sin atenerse a la realidad. Cada uno se defiende como puede. Mas se marcha “enganchando” por el Caso Palau y por el calendario de comparecencias judiciales. Rato sigue errante –aunque no errático del todo— usando argumentos dudosos para salvar su prestigio.

Artur Mas fue el primer independentista formal, urbi et orbe. Y si Jordi Pujol, en su cálido despacho de la Generalitat, hablaba de una Cataluña inmersa en una Commonwealth española o ibérica, Mas siempre dijo desde cualquier lugar, y ante cualquier público o interlocutor, que el camino único era la independencia. Pero es verdad que ni él, ni su partido --en antigua denominación de CDC-- jamás se saltó la ley. Rato tuvo mucho poder personal y sugerido, fue la estrella brillante y prestigiosa del PP, e indiscutido por mucha gente de la oposición. Pero rompió, se quebró, cuando desde el PP le dieron la espalda.

Y ambos, errabundos, marcan entre sí muchas diferencias personales pero no vitales. Los errores de Rodrigo Rato, azuzados y coloreados por una parte nueva del PP, le han dejado en los umbrales de la delincuencia. Artur Mas, rival de Carles Puigdemont, hasta en los últimos sucesos, se encuentra ahora abandonado por una mayoría de una élite catalana creada por él mismo y que busca hoy la independencia a cualquier precio.

Y luego está –claro— el belga, el belga errante. Que vive entre el delirio de convertir Skype en una herramienta parlamentaria, cosa que abriría un nuevo tropezón constitucional, o el deseo de reunir a sus partidarios del Parlament en la mismísima Bruselas. No comparo a Carles Puigdemont con Artur Mas o Rodrigo Rato. No, por supuesto. Porque puesto a elegir yo me quedo Rato o Mas a pesar de sus actuales penurias.

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