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¡Que cuarenta años no es nada…!

Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

Es una forma de parafrasear la letra del tango “Volver” de Carlos Gardel. Esa letra decía en algún momento: “Que veinte años no es nada. Que febril la mirada, errante en las sombras…” Lo nuestro –la Constitución de 1978— se podría inscribir en los cuarenta años de paz que es mucho, pero que mucho.

Es obvio que, en la vida de muchos países, cuarenta años no son nada para su Constitución. Y ahí está el caso de Estados Unidos que promulgó su Carta Magna en 1776. Para otros puede ser mucho por razones diversas. Francia vive en la V República, el salto constitucional que el general De Gaulle dio el 5 de octubre de 1958 creando una formula presidencialista que aun perdura. Son, por supuesto, menos de cuarenta años. Noruega mantiene la suya creada en 1814 y Holanda (Países Bajos) en 1814. La de Irlanda es de 1937 es se genera tras su conflicto con el Reino Unido donde Irlanda se parte.

Muchas constituciones llegaron tras un cambio político profundo, algunas veces tras tiempos de violencia. En España llegó como una forma de evitar las tensiones creadas por la guerra civil de 1936-1939 y por el deseo de obviar –y olvidar— el franquismo que sí duró cuarenta años. La referencia a los “cuarenta años de Franco” era constante en alusión a un periodo político muy largo, pero ahora nos miramos gozosamente en los cuarenta años de la democracia. El mejor tiempo, sin duda, de la política española en muchos siglos.

Se pretende anatemizar la citada Transición política por considerar que en ese tiempo no se condenó suficientemente al franquismo, aunque el régimen del dictador se pulverizó con la aprobación en referéndum de la Constitución de 1978. En fin, anatema significa en su tercera acepción, según el diccionario, de la Real Academia Española de la Lengua, reprobar o condenar a alguien o algo. Y desde luego no hay razón. Salir de la posibilidad de una nueva guerra civil era un hecho muy temido y posible.

Yo mismo, nacido sólo dos años después de la contienda entre hermanos, guardo una cierta dosis de miedo basado en los relatos directos escuchados de niño –y no tan niño— sobre aquel conflicto. Otro recuerdo –terrible— que conservo son los haces de luz de los reflectores antiaéreos sobre los cielos en las noches del año 1946. Supongo que se temía un ataque aliado tras el final de la Segunda Guerra mundial.

Recientemente se ha exhibido un video de dos combatientes de la guerra civil ya nonagenarios. Se descubre que una mayoría de los combatientes de ambos lados no tenían la ideología del bando donde les tocó combatir. Fue la recluta obligatoria lo que los llevó a las trincheras. Y es más que probable que la mayoría de los grandes ideólogos de ambos lados estuvieron calentitos en lugares seguros mientras que otros combatían por ellos.

La paz es un bien en si mismo, que, en la mayoría de las veces, supera en bondad a las causas que la produjeron o la destruyeron. Eso es así. Sigamos en paz. Analicemos con objetividad y verdadera justicia aquellos hechos terribles y lejanos de los años treinta del siglo pasado. Vivamos en paz y busquemos la convivencia en justicia.

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