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El desorden público

Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

La democracia formal o parlamentaria se caracteriza por el respeto y mantenimiento de los derechos fundamentales como es el de manifestación. Pero, al amparo de ese derecho se producen frecuentes desordenes que rozan a figuras delictivas.

¿Es delito quemar neumáticos en la vía pública o romper el mobiliario urbano? ¿Es delito atacar a la fuerza publica con peligro claro de la integridad física de sus miembros? Los desordenes producidos por los taxistas en Madrid o Barcelona son ejemplos de un difícil medida o un peor juicio. Defienden una exclusiva de uso frente a los más recientes vehículos permitidos: los llamados VTC, vehículos de alquiler con conductor.

Las limitaciones impuestas a las licencias del taxi produjeron un encarecimiento de estas por varias razones y, entre ellas, por la especulación en su reventa. Hay ya muchas empresas que en el taxi mantienen varios vehículos. Pero también hay trabajadores autónomos que tuvieron que pagar una millonada por obtener una licencia aceptando proactivas de claro estraperlo. ¿Tienen razón los taxistas en su protestas contra la competencia de los VTC? Probablemente, sí. Pero la violencia no es permisible.

Ya con la presencia de los VTC en las calles de Madrid yo tuve la necesidad de necesitar el uso del taxi por la operación de una rodilla que, por supuesto, me impedía conducir o subir a un autobús. Y descubrí que el aviso de los taxis por teléfono había mejorado considerablemente. Estuve recibiendo vehículos especiales para mejorar mi acceso al vehículo, que, asimismo, tenían capacidad para recibir sillas de ruedas. Mantenido en memoria el número de teléfono solicitante, con la simple recepción de la llamada ya se ponía en marcha del operativo incluyendo dirección de recogida y tipo de vehículo. Igualmente, a la salida del hospital el servicio era muy adecuado.

Lo pensé: “los taxis se han puesto las pilas”. Y en toda esta “crisis” personal yo no he tenido necesidad de solicitar un coche con conductor. Otras personas de mi entorno que si habían solicitado ese servicio vieron a los conductores poco entrenados para el servicio al cliente y para el callejeo –siempre difícil— por Madrid.

Ahora la visión de las carreteras cortadas, del fiasco de muchos visitantes a FITUR, feria turística que es una de las importantes que se celebran en Madrid, muestra un lado demasiado feroz de los taxistas. Y de veras que lo siento. Me he sentido muy bien acompañado en mis recientes recorridos de cojo dotado con muletas. Y eso ha sido importante para mi disminuido momento.

Respecto a los VTC habría recordar el sistema de vehículos de alquiler con conductor que se llamaban de “gran turismo”. Eran en efecto vehículos de mayor calidad que los taxis y que se dedicaban a servir a pasajeros con posibles y, probablemente, en recorridos interurbanos y turísticos. Los “gran turismo” desparecieron y no sé la causa. En principio, nadie pos u precio y condiciones tomaba uno de estos coches para un puntual recorrido urbano. ¿No se podría haber “afinado” a los VTC para esos servicios más selectos? No lo sé.

La cuestión es que la violencia no sirve para nada. El matonismo en las reivindicaciones es la pérdida de la razón. Y eso es cierto. El otro juicio es que las diferentes autoridades que regulan los servicios de taxi y de los nuevos “gran turismo” tendrían que haber tenido en cuenta los derechos adquiridos –en muchos casos a alto precio— por los taxistas.

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