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Tatuajes, selfies, reguetón y coches imposibles

Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

Es probable que todas las siguientes apreciaciones formen parte de modos y modas generadas por mi provecta edad pero lo cierto es que no me gustan los tatuajes, ni los selfies que certifican la cara mema de sus participes. El reguetón me parece una plaga y un enorme castigo para la gente buena. Tampoco me gustan los diseños de coches de dos volúmenes suspirando por los clásicos sedanes de tres ambientes.

Cuando veo un cuerpo –o parte de él— oscurecido por la tinta subcutánea siento nostalgia de la piel blanca o bronceada que no oculta nada. El tatuaje fue una costumbre marginal, marinera o patibularia que inesperadamente se convirtió en costumbre muy extendida. Debe doler su impresión en la piel, pero también la afea.

Incluso quien usa el tatoo como declaración de principios se obliga a no poder cambiar de criterios por mor de los artificiales dibujos en su piel. Como en todo la moderación es la mejor medida. El exceso de tatuajes es lo que resulta horrible. Parece, sin embargo, que hay un componente fuertemente adictivo y ya se sabe lo que dice Wikipedia de ello: “que genera o causa adicción, necesidad o hábito compulsivo”.

Lo de los selfies puede ser aborrecido por su continua y excesiva repetición, aunque parece más que razonable que un grupo de personas que tienen algo que común se fotografíen juntos sin que el autor de la foto quede fuera. De todas formas más que la repetición de autofotos esta la carita que personas normales y hasta inteligentes ponen ante el acto del selfie. Ridículas, irreales, imposibles, feísimas… Y no digamos esas posiciones de brazos y dedos que elevan a la autofoto a la categoría de cachondeable.

El reguetón es musicalmente muy malo y monótono. Y sus letras ridículas, cuando no sucias y de muy mal gusto. Además suelen ser palabras muy machistas donde la mujer tiene que asumir todas las idioteces que publicita al cantante. Por lo que veo en el reguetón la mayoría –o la casi totalidad— de los intérpretes son masculinos, que no hombres. La canción popular es muy hermosa en su muchos ejemplos y contenidos, desde el country hasta el bolero, el rock, el flamenco, el cante jondo (que no es lo mismo), la ópera o la zarzuela o el hermosísimo pop anglo del que, por ejemplo, Frank Sinatra, es un enorme buen ejemplo.

Los coches han perdido su culo como las mujeres u hombres que un día fueron muy atrayentes. La respuesta de furgoneta, final en línea recta, frente la elegancia de un maletero es su paralelismo bellísimo con el morro o implanto delantero pues creo que un error. Durante muchos años se fabricaron –todavía hay-- los station wagon –rubias, en castellano castizo— que daban una opción funcional y estética a grandes modelos de automóviles.

Y creo que el gran pecado se produce por la proliferación de los llamados todoterreno. El Jeep fue un gran acierto bélico por parte de los americanos. Vehículo de cuatro ruedas motrices, poco peso relativo y sensacional efecto estabilidad que marcó un estilo. Los alemanes por aquella II Guerra Mundial quisieron hacer todo caminos de tres ruedas en motos con sidecar –BMV y Zundapp—con motor flat twin y engranajes cardan. Total nada… o menos.

Tras la guerra el Jeep y su derivados tuvieron un excelente recorrido en la vida civil hasta que se llegó al exceso con modelos enormes –el cliente busca siempre el más grande todavía— que nunca saldrán al campo, o a los malos caminos, porque son demasiado caros. Es verdad que ejemplos como la competición tipo Dakar –hoy en desiertos americanos— son formidables y muy útiles porque buscan la mejora del auto suficiente en cualquier trayecto por difícil que sea. En estos tiempos en que la normalización en el consumo de combustible es fundamental, esos enormes cuatro por cuatro urbanitas y lujosos no dejan de ser una exhibición de malgasto o de insulto a la inteligencia.

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