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Franco en El Pardo

Confidencial | POR ÁNGEL GÓMEZ ESCORIAL

Jamás visité el Valle de los Caídos. A lo sumo he pasado algunas veces ante su puerta de entrada por la carretera que uno El Escorial con la llamada Carretera de La Coruña, con la A-6.

No me han interesado nunca los monumentos o recuerdos de la Guerra civil porque la he considerado una atrocidad que es mejor olvidar. Se supone que el monumento de Cuelgamuros se construyó para albergar los restos de los fallecidos durante la guerra. Y, obviamente, Francisco Franco murió mucho después.

Supongo –no lo sé a ciencia cierta— que, durante la larguísima agonía del general Franco se meditó sobre cual será su lugar prominente para depositar sus restos. Durante mucho tiempo se pensó que podría ser en la basílica del Monasterio de El Escorial, pero en ella están los enterramientos tradicionales de los reyes y de sus familiares.

El cadáver de José Antonio Primo de Rivera permaneció muchos años en la referida basílica del Monasterio escurialense, suscitándose durante el régimen franquista algunas tensiones con los funerales de Estado que se dedicaban a los Reyes allí enterrados y las honras fúnebres de cada 20 de noviembre dedicadas al fundador de FE y de las JONS.

El final de la obra de Cuelgamuros resolvió el problema y los restos de José Antonio fueron movidos –una vez más— de emplazamiento. La primera, a hombros de sus camaradas falangistas por un amplio trecho de la geografía española, desde Alicante hasta San Lorenzo del Escorial. Y la segunda desde allí hasta el Valle de los Caídos.

Históricamente no ha quedado claro si Franco deseaba ser enterrado en el monumento que él mismo diseñó. Su larga agonía –dicen— que evitó la toma de algunas decisiones que tomó su familia y los políticos de entonces. Tal vez le tocó a Carlos Arias Navarro tomar esa decisión o hacerla efectiva. Pero hoy tanto da.

Y una pregunta: ¿fue Francisco Franco un dictador? Pues sí lo fue por recibir una investidura de todos los poderes civiles y militares. Él se acompañó de un sistema de gobierno del Estado en el que participaron muchas personas, pero que muchas. Él fue la suprema expresión del poder y todo estaba relegado a eso.

Por los jóvenes –incluso por lo no muy politizados— resultaba inaguantable el control sobre la cultura y sobre las diferentes formas de expresión. Era absurdo que el control de mercancías en los pasos fronterizos estuviera dedicado a inspeccionar que libros se traían los jóvenes de fuera. Es obvio que había otros controles, algunos cruentos… La primera inspección pormenorizada de mis pertenencias en el puesto fronterizo entre Irún y Hendaya me dejó sorprendido y molesto. La realidad es que los libros y revistas que yo había atesorado durante una relativamente larga estancia en Paris pasaron la frontera por carretera en un coche con matricula francesa que no fue molestado por aquello de dar facilidades al turismo y no presentar a España, desde el primer momento, como la “casa del ogro”.

En fin, escribo en la mañana del jueves 24 de octubre cuando el operativo del traslado del cadáver de Franco está todavía en marcha. No tengo sensación de vivir un episodio de alta historia. Esto de mover a los muertos no deja de ser una costumbre española que no se da en otros países. A mi lo que me vayan a hacer después de muerto me importa un pito. Otra cosan son las agresiones que me puedan hacer en vida.

Los restos de Franco descansaran en El Pardo, zona urbana de Madrid, dentro del distrito Fuencarral-El Pardo, mi lugar de residencia. Franco vivió muchos años en El Pardo en un palacio del Patrimonio Nacional, hoy dedicado a residencia de visitantes distinguidos. En realidad, a todos los mi edad les es difícil separar el nombre de ese paraje –de bellos montes— del titular de una larga dictadura. Podría decir yo que vuelva a casa, pero me parece una macabra y absurda idea.

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