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Tribunas | Luis Rodríguez | ESPECIAL Nº500

Aquello que perdimos con las cajas

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Luis Rodríguez. Histórico de las cajas, donde presidió  el sindicato CSICA.  Ahora es el número uno de FINE.

Analizar la desaparición de las Cajas de Ahorro requeriría elaborar un extenso catálogo de motivos de toda índole, que irían desde acciones perseguibles por la justicia hasta la más absoluta ceguera, llegando a afirmar en septiembre de 2007 el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que España “jugaba la Champions League económica”, momento en el que ya muchos indicadores apuntaban una enorme recesión.

El Estado se vio obligado a efectuar una inyección de miles de millones para evitar quiebras. En contra de la opinión generalizada, esta intervención no era tanto para rescatar a las entidades sino para evitar que muchos ciudadanos perdieran los ahorros de toda una vida, ya que el Fondo de Garantía de Depósitos (FGD) habría sido incapaz de garantizar los depósitos de la clientela.

Pocos eran conscientes de lo que se iba con las cajas. El sentir general era que, como había más bancos que prestarían los mismos servicios, no había nada que temer. Y empezó el cierre de sucursales en poblaciones menores consideradas “no rentables” donde solamente las antiguas cajas habían mantenido sus sucursales. Y dejaron de prestarse los servicios porque el oligopolio bancario, creado tras la crisis, solo atiende a criterios de rentabilidad esperada. Los servicios financieros no son un derecho sino un negocio y por tanto no se trata como si fuera un servicio público: si no hay negocio, se cierra. Los accionistas exigen solvencia y beneficios.

El final del modelo desarrollado por las cajas de ahorro tenía otro efecto de enorme trascendencia: el fin de las obras sociales (OBS). Las acciones desplegadas cada año, de carácter social y cultural, con cargo a los beneficios de las entidades, suponían una verdadera lluvia de millones de la que era beneficiaria toda la sociedad, a la que se devolvía por esta vía lo que la propia sociedad aportaba a las cajas. Mejor o peor gestionadas, con mayor o menor injerencia de los partidos políticos, las OBS han colaborado durante años en la integración social, la difusión de la cultura, la atención a desfavorecidos, la conservación del patrimonio, el apoyo a la investigación y un largo etcétera, con aportaciones de hasta el 75% de sus beneficios anuales. El retorno a la senda de los beneficios de las empresas reconvertidas y reflotadas no supone recuperar esas aportaciones, que ahora han de ser destinadas a retribuir a los nuevos propietarios, sus accionistas.

El proceso de concentración bancaria, a través de compras, absorciones y reestructuraciones, ha llevado aparejado, no solo el fin de la actividad social que desarrollaban las cajas y el cierre de miles de sucursales, sino también la pérdida de más de 80.000 puestos de trabajo en el sector bancario. Hablamos del 30% del empleo, situación que si la referimos solamente a las cajas es del 45%. Ningún sector productivo ha sufrido una sangría de este nivel, retrocediendo a niveles de empleo de los años 80. Además, la mayoría de los trabajadores que han conservado su puesto de trabajo, han debido asumir enormes recortes salariales que han supuesto, en muchos casos, retroceder a niveles salariales anteriores al euro. Hablamos de trabajadores de alto nivel de cualificación que han visto truncadas sus expectativas profesionales, al tiempo que han sido injustamente señalados por la colocación de productos financieros diseñados por las entidades que en muchos casos eran directamente demandados por los clientes. Sin ningún reconocimiento, han sido los que han pagado la factura más alta de la crisis financiera, pero el paso del tiempo nos hará saber lo que toda la sociedad ha perdido.

NOTA: Tribuna publicada en el número 500 de la revista Banca 15.

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